Venezuela


Hoy en día, cuando Venezuela está en todos los rotativos y telediarios del mundo (entre manifestantes asesinatos, convocatorias de asambleas constituyentes ilegítimas, remoción de fiscales y excarcelación de opositores), parece que la opinión pública ha logrado tener claro cuál es el problema de esta nación suramericana: Maduro es un tirano que está masacrando a una oposición pacífica y acabando con la democracia de su país.

Lo cierto es que afirmar tener la verdad sobre los sucesos de Venezuela de los últimos cuatro años es, cuanto menos, pura ciencia ficción. Y hay que rehuir, sin más, de quienes tratan de contar con claridad que es lo que pasa hoy en Venezuela. Donde hay una certeza, es imperativo recordarlo, se esconde una mentira.

La crisis venezolana, si así puede definirse, ha sido internacionalizada mediáticamente y ha sido utilizada como arma de guerra contra el proceso bolivariano. Los grandes conglomerados mediáticos occidentales – con políticas editoriales que espacian desde la derecha rancia hasta la pseudoizquierda – han mostrado un consenso sin precedentes a la hora de abordar la cuestión de Venezuela a través del uso reiterado de palabras específicas – régimen, marchas pacíficas, represión, entre otros – para (des)informar a la opinión pública y llevarla a creer lo que esté más acorde a sus intereses.

Lo indudable es que hasta la fecha y cuando se cumplen cien días del comienzo de la última oleada de protestas que están sacudiendo a esta nación, más de 90 personas han perdido su vida. Igualmente cierto es que en Venezuela hay manifestantes que quieren disfrutar de su sagrado derecho a oponerse pacíficamente, y otros que están generando violencia. Especularmente, hay policías – brazo armado del gobierno – que sólo cumplen con su deber de mantenimiento del orden y otros que abusan, hasta las consecuencias que todos hemos visto, de su poder.

Formarse un criterio, independientemente de lo que tratan de imponernos los medios corporativos de Occidente, es una responsabilidad a la que estamos llamados a responder todos los que queremos comentar sobre los asuntos venezolanos, pues nuestra opinión – condena o defensa, según los casos – es el mecanismo fundamental que permite que los grandes poderes desarrollen sus políticas más nefastas.

Desde las elecciones presidenciales del 14 de abril de 2013 que terminaron con la victoria de Nicolás Maduro, la MUD – como organización política y no como electorado –  ha dado constantemente muestra de su falta de voluntad – pese a los iniciales llamados de Maduro al diálogo frente a un país dividido en dos partes iguales – para institucionalizarse y, desde las herramientas públicas y políticas, contribuir – aun haciendo oposición – al desarrollo de la nación.

Desde el minuto cero de la etapa postchavista, se produjo una ruptura democrática – que muchos tratan de imputar a Maduro y a su idea de convocar una Asamblea Constituyente – cuando la oposición decidió que su objetivo único y absoluto era sacar a Maduro del poder a cualquier costo, olvidando que no dejaba de ser el representante electo de más de siete millones de venezolanos. Primero hubo el desconocimiento de los resultados con denuncias de fraude electoral, jamás probadas, pero ampliamente respaldadas y reiteradas por los medios internacionales hasta convertirse en una media verdad que se repite en el tiempo sin saber de dónde vino. Luego llegó la acusación tragicómica – Maduro es colombiano – para quitarle legalidad a las elecciones. Y finalmente, cuando las vías institucionales y legales les resultaron insuficientes, a la oposición no se les ocurrió otra cosa que arrastrar al país en el caos, en la violencia y en la muerte durante cuatro años.

El constante y continuo llamado a manifestar y a desobedecer, la falta de crítica de la violencia, los llamados a desconocer las instituciones democráticas con la única finalidad de generar el caos en un país ya de por sí extremadamente crítico, deberían llevarnos a todos, más allá de las precisas ideas políticas que profesamos, a rechazar este tipo de oposición, a ser coherentes y repudiar lo que jamás quisiéramos en nuestra casa, a despreciar a quienes estén dispuestos a destrozar a un país – o incluso a que sea invadido – sólo para llegar al poder.

Aun teniendo claro que el grueso de la culpa de todo la lleva la oposición – en forma totalmente dolosa – por haber querido boicotear a un país y a una economía, otra cuestión es imputar las responsabilidades. En ese caso, sin paliativos y sin lugar a dudas, hay que apuntar el dedo contra el PSUV y, en particular, contra Nicolás Maduro.

No se trata, hay que reiterarlo, de restarle importancia a fenómenos que no dejan de ser ciertos. La guerra económica, el hostigamiento internacional, la gigantesca campaña mediática que se ha desatado contra el proceso bolivariano y los intentos de llevar a una intervención internacional contra Venezuela; son hechos tangibles, y negarlos representaría una completa falta de compromiso con la verdad. Se trata, sencillamente, de tener claro que Maduro, como jefe de Estado y de Gobierno, ha reunido en sus manos un amplísimo poder para resolver muchísimos de los problemas que han llevado a la actual crisis social, económica y política. Sin embargo, sus respuestas frente a este escenario han sido insuficientes e irrisorias.

Desde el primer momento, Maduro se ha equivocado en estrategia, en discurso y en forma, mostrando su ineptitud política para lidiar no solamente con la crisis sino también con el traspaso de poder tras el fallecimiento del gigante político de Chávez. Su manera grotesca y caricatural de tratar de imitar a su predecesor, su incapacidad absoluta para entender o aceptar su rol de político ordinario y gobernar en la mejor manera que pudiese, los intentos fallidos de volver a Venezuela en una extravagante teocracia socialista en la que se veneran montañas y animales, líderes supremos, eternos y, por suerte no lo logró, embalsamados.

Como si fuera poco lo anterior, empeñado en desarrollar este espectáculo caricaturesco, Maduro ha sido totalmente incapaz de analizarse a sí mismo, de evaluar concretamente su gestión, de asumir responsabilidades políticas por fallos o errores que parecen no existir en su administración. Una crisis económica terrible, una inflación descontrolada, una violencia casi generalizada en el país y una corrupción siempre más profunda, han llevado al PSUV, bajo la gestión de Maduro, a perder casi dos millones de votos y aun así el presidente minoritario sigue hablando en nombre de una Patria que, por lástima, ya no existe o, si se quiere mirar de otra forma, ya no es la que parece querer la mayoría del pueblo.

Aun creyendo tener claros los culpables y los responsables, nada cambia el hecho primordial de todo el asunto: Venezuela está sangrando y seguirá sangrando mientras ese enfrentamiento político siga teniendo estos tonos de odio y de voluntad de aniquilamiento mutuo.

Los últimos intentos de Maduro de acercarse al diálogo son importantes pero no son suficientes pues la oposición sigue estando atrincherada en su voluntad de arrebatar la democracia a través del miedo y la violencia, dejando claro cuán ínfimo es su compromiso con el país y con la paz.

Maduro debería seguir dando pasos, no para ceder frente a presiones foráneas o chantajes internos sino para ir desenmascarando cada día a una oposición violenta y no comprometida con ningún tipo de diálogo. Maduro debería cambiar su forma de gobernar, entender que debe dejar de actuar como si fuera el candidato electoral del PSUV y convertirse en – y trabajar como – el presidente de todos los venezolanos. Maduro tiene la responsabilidad fundamental de sacar del desgaste ideológico (en el que él mismo lo puso) a aquel grandioso proyecto político que era la Revolución bolivariana, despertador de pasiones y ensueños. Maduro, finalmente, tiene el deber de asumir que las revoluciones no van confundidas con sus líderes.

Mientras esperamos que Venezuela logre encontrar finalmente la paz, nosotros tenemos muchísimas responsabilidades. Siendo los destinatarios de toda la desinformación internacional que tata de imponernos su visión para llevarnos a respaldar presiones, sanciones, golpes o invasiones, somos los que tenemos la responsabilidad de deslegitimar estas visiones. Tenemos la gran responsabilidad de opinar sobre lo que consideremos necesario u oportuno, pero al mismo tiempo tener claro que nos podemos volver a convertirnos en peones ciegos que, sin preguntarse nada, están respaldando una guerra sucia e injusta. Tenemos, definitivamente, la responsabilidad de exigir con nuestras voces que queremos que Venezuela y los venezolanos logren, entre ellos y sólo entre ellos, encontrar la paz y la forma de coexistir pacíficamente.

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