Remain / Leave


Mil doscientos sesenta y cuatro kilómetros separan Londres de Madrid. Roger Patterson y Andras Jones son dos de los 76 pasajeros del vuelo 8754 de British Airways, uno de los más de 27 vuelos diarios que en cerca de dos horas y media conectan a las otrora capitales de los imperios más extensos y poderosos de la Europa Occidental.

Abordan por separado el mismo avión con las mismas intenciones. Son parte de los diez millones de turistas británicos que eligen cada año España como destino vacacional: turismo y paseo en Madrid, playa y sol en Benidorm. Es junio de 2016.

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A sus 48 años, Roger ha sido siempre un hombre de costumbres, incluso en materia de viajes. Con la precisión y la eficacia de un reloj suizo, planeó y organizó metódicamente sus vacaciones en España.

Ha perdido la cuenta de sus visitas. Vino por primera vez en 1996. Mientras España cambiaba la rosa bonsái de Felipe González por la gaviota azul de Aznar, Roger disfrutaba en las arenas y el mar azul intenso de Salou de su primer bonus como ayudante ejecutivo en la City londinense. El pan tumaca, la sangría y la paella le abrieron España. Y siguió volviendo, año tras año. Alternaba Francia, El Caribe o Egipto, pero España siempre ganaba. “Amo la spanish vida”, respondía siempre que sus amigos le preguntaban sobre su particular pasión vacacional.

Se tarda una hora en llegar en automóvil (si se tiene suerte) desde el número 5 de Lake Avenue al aeropuerto de Heathrow. Conocía bien el camino. Tantos viajes le habían dado la experiencia de a qué hora encaminarse libre de atasco por el Dartford Crossing y poner rumbo al aeropuerto por la fría M25. Estaba al paso de la incombustible autopista por la apacible Laetherhead por la radio cuando se hablaba del tema del momento. Era el lunchtime y Roger, como millones personas, escuchaba el programa de Jeremy Vine en la BBC Radio 2.

Desde hace meses no se hablaba de otra cosa que no fuera el Brexit. Bastaba solamente mencionar el tema y se generaban pasiones y bandos. La sociedad estaba dividida. La polarización era innegable. Roger no pasa inadvertido a semejante escenario. Él ya había elegido.

Jamás se ha sentido identificado con un partido político. En el 97, votó con ilusión a Blair; en el 2011, harto de la deriva económica laborista, confió en Cameron. Liberal de mente, con corazón de clase media, siempre se ha visto como parte de esa masa de electores que va de elección en elección confiando en el candidato más mediático y presidenciable.

Tenía 7 años cuando en 1975 los británicos dieron un abrumador “Sí” a la pertenencia en la Comunidad Económica Europea. A sus padres le preguntaron y ellos dijeron sí.  A él le tocó esperar 41 años para responder la pregunta.

Jamás se sintió europeísta. No le gusta Merkel como tampoco le gusta Hollande o Tsipras. “¿Qué tengo yo de igual con un español o un polaco?”, se pregunta.

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Pocas veces durante los 60 años su vida, Andras ha abandonado Aberystwyth, un pequeño pueblo costero del condado galés de Ceredigion. Rudo y de pocas palabras como su padre, los mejores momentos de su vida siempre han estado ligados al mar. En las frías aguas de la Bahía de Cardigan su padre le enseñó a nadar y pescar. Él, orgulloso de la identidad de hombre de mar y sal, legó a su hijo Bran el amor por esa tierra y allí hizo su vida.

Su mundo se mueve entre el puerto de Aberystwyth, el número 2 de Riverside Terrace y el bicentenario pub Ship and Castle. Allí conoció a su esposa Eirian. Y a veces, cuando la faena en el mar culmina, se toma unas pintas junto a los amigos de toda la vida.

Pocas veces quiso salir de ese mundo tan cerrado pero a la vez tan cómodo. Pero el viaje a España era algo especial.

Llevaba ahorrando para ello dos años. Se lo había prometido a Eirian como regalo por por sus 30 años juntos. Madrid y Benidorm serían las locaciones ideales para un matrimonio que aunque robusto como las piedras de la costa de la Marine Terrace necesitaba de vez en cuando del frescor del mar.

Para él también el Brexit era cuestión de preocupación. Pocas personas en Aberystwyth estaban a favor de la salida. Su esposa era una de ellas. Ella era una tory de pura cepa, le venía de sus padres y abuelo. Él votó una vez a Thatcher, luego a Kinnock y después a Blair. Al final, cansado del discurso de Londres, optó por los nacionalistas del Plaid Cymru.

En 1975, cuando el referéndum, tenía 20 años. Votó “Sí” convencido de que era lo mejor para Gales. Siempre Gales, todo lo mejor para Gales. Jamás compró los mensajes de vivir de espaldas a lo que pasaba en Europa. De sus padres supo lo duro que había sido para Aberystwyth la Gran Guerra y luego la Segunda.

Los españoles o franceses jamás le molestaron. Javier, uno de los camareros de Ship and Castle era español. Él le había ayudado a organizar su viaje a la península. Pero le preocupaban los polacos o los campamentos de subsaharianos en Calais. “Son los precios que hay que pagar por estar dentro”, reflexionaba con su esposa.

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Roger y Andras tienen nexos en común más allá de la nacionalidad del pasaporte. Sus vidas y comunidades representan las realidades en polarización de cara al referéndum del Brexit. Roger Patterson desde el condado londinense de Havering y Andras Jones desde Ceredigion representan al votante medio. El condado del primero es el condado más euroescéptico del Reino Unido; el otro, el más pro-Europa.

Cuando regresen de vacaciones ambos deberán, con su voto, responder una pregunta sencilla con una respuesta también sencilla: “Remain or Leave”.

Ambos jamás se conocieron, pero tienen muchos elementos en común. Se puede estar o no de acuerdo con uno u otro, pero ambos votan creyendo que es lo mejor para su país o su comunidad. Y de eso trata el referéndum del día 23 de junio.

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