No existen dioses


Entendámonos. No vamos a negar que la izquierda mundial y los movimientos progresistas – tanto en el desarrollo como en el subdesarrollo – sufren a diario presiones y ataques de todo tipo, económicos, políticos y mediáticos. No vamos a negar que la existencia de líderes carismáticos – que tienen la capacidad de mover masas y forjar ideas – representa una terrible amenaza para el orden político-económico mundial y que la derecha encarnizada en el capitalismo internacional usaría cualquier tipo de arma (no necesariamente bélica) para extirpar las metástasis de la lucha emancipadora.

Sin embargo, más allá de la autenticidad de todo eso, existe un problema de raíz que nos afecta, aunque sea inconscientemente, a los que defendemos las causas de los humildes y de los olvidados de este mundo: demasiadas veces confundimos al líder con el movimiento y le otorgamos una aura de sacralidad a los que – con más o menos legitimidad – pretenden hablar en nombre de las masas.

¿Qué nos está pasando? ¿En qué momento la izquierda – por antonomasia inconformista y opositora del poder establecido – se ha convertido en una masa sumisa que otorga respaldos a ciegas? ¿Cuándo y cómo el principio según el cual “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” se ha vuelto en un dogma incuestionable que nos lleva a hacer la vista gorda – o a buscar improbables justificaciones – frente a los abusos, la violaciones de derechos, las arbitrariedades y el enriquecimiento corrupto de quienes se consideran referentes de la izquierda internacional?

Hay que estar atentos a las manipulaciones generadas por el poder mediático controlado por el capital. Es indudable. Difamar a un líder es la mejor forma que tiene la derecha para deslegitimar a todo el movimiento que éste representa. Pero no podemos caer en la degeneración contraria, ya no podemos seguir aplicando el dogma hasta el extremo de desatender cualquier cuestionamiento, crítica u oposición.

Ser de izquierda nos impone estar al lado de los oprimidos y en contra de los opresores, en cualquier forma éstos se presenten. No podemos olvidar que la opresión y los abusos pueden presentarse con diferentes matices y rostros. Ser de izquierda no puede ser respaldar al mal menor sencillamente por su autoproclamada índole revolucionaria. Ser de izquierda es asumir que el poder, en cualquier forma se presente y de cualquier color sea, debe ser controlado y evaluado constantemente. Ser de izquierda es recordar siempre que el poder no merece cheques en blanco ni consignas hasta la muerte.

Cualquiera puede proclamarse de izquierda. Cualquiera, en una forma u otra, puede llegar a ser líder y emblema de un movimiento progresista. Pero, ¿este hecho tan simple y arbitrario lo puede convertir en un arquetipo de nuestras ideas? ¡Absolutamente no!

La izquierda internacional, tristemente, muchas veces se desclasifica por si sola. Su incapacidad de autocrítica y su total e incuestionable aceptación del status quo en muchos países dirigidos por líderes progresistas (palabra que hoy tiene un espectro tan grande que ha perdido toda posibilidad de identificación), la ha llevado a sufrir una pérdida de credibilidad que se ajunta y se suma a todos los errores y las aberraciones del siglo pasado.

Los que nos consideramos de izquierda, los de abajo, tenemos que asumir de una vez por todas que los líderes son representantes y portavoces de los pueblos, y no viceversa. Tenemos que entender, aunque nos cueste, que la causa de un pueblo no puede, bajo ninguna circunstancia, confundirse con su portavoz contingente, ni éste ha de considerarse la reencarnación del pueblo que representa. Debemos aceptar que existen ideas perfectas muchas veces repetidas por hombres imperfectos. Debemos recordar que las ideas sí son imprescindibles y que los que las profesan sólo son seres humanos, como cualquier otro, que pueden cometer deplorables errores. Los de izquierda, definitivamente, debemos asumir que la lucha es constante, que el status quo jamás deberá satisfacernos totalmente, que no existen personas incorruptibles ni líderes eternos. Ya es hora que los de izquierda empecemos a creer en el pueblo y no en los dioses.

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6 comentarios en “No existen dioses

  1. Tocas un punto que he defendido muchas veces. Un movimiento (social, de izquierda o del tipo que sea) no debe identificarse con una persona porque cuando esa persona no esté se viene abajo todo (lo vemos ahora en Venezuela) o cuando esa persona cometa errores imperdonables y se defienda a capa y espada entonces -como bien dices arriba- ese movimiento se desclasifica por sí solo.
    Esta útima variante se ve practicamente a diario en todo el mundo donde gobiernos (y no solo hablo de izquierda) que inician con un relativamente alto índice de aprobación y terminan en casi todos los casos con una desaprobación bastante amplia.
    Como lo veo, hoy en día la política de los políticos (y disculpen la redundancia) es y será mas de lo mismo: manejar la opinión de las personas a través de los medios de comunicación fundamentalmente (poderoso caballero es Don Dinero), para una vez en el poder satisfacer mayormente sus propios intereses.

    1. Totalmente de acuerdo contigo. No quise hacer referencia a casos específico, pero entendiste perfectamente lo que quería decir. Y no es solo Venezuela. Lo acabamos de ver en Brasil. Yo defiendo el principio de que cada quien es inocente hasta que se pruebe lo contrario, y siempre lo defenderé. Lo que no defiendo es que nadie se cuestiona ni se pregunta si a lo mejor alguien es realmente corrupto o no. En otras palabras, si alguien intenta llevar a juicio a un líder de izquierda, automáticamente es un intento de golpe. Me pregunto: a caso proclamarse de izquierda es una garantía de honestad?

      Saludos

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