Estados Unidos, Cuba y las lecciones de derechos humanos


El pasado 14 de diciembre, en una entrevista exclusiva con el portal digital Yahoo News, el presidente estadounidense Barack Obama anunció su voluntad de realizar una visita oficial en Cuba antes del fin de su mandato. En ese sentido, Obama aclaró con toda franqueza que estaría “muy interesado en ir a Cuba” añadiendo, sin embargo, que “las condiciones deben ser correctas”, es decir, que le “encantaría utilizar una visita como una forma de resaltar” un progreso “en la libertad y posibilidad de los cubanos comunes”.

Resulta claro que dicha declaración, lejos de manifestar la intención del mandatario norteamericano de dejar un último aval – simbólico, político y diplomático – al proceso de normalización de las relaciones internacionales entre los dos países, comenzado el 17 de diciembre de 2014, parece indicar que nada o poco ha cambiado en la visión de la política exterior de la Casa Blanca y de su autorepresentación, a la vez, como policía y juez internacional.

Igualmente resulta evidente – o por lo menos así debería ser – que Cuba, lejos de ser una nación sin contradicciones internas y con deficiencias en materia de derechos humanos aun pendientes, tiene todo el derecho de defender su soberanía y dejar la resolución de sus cuestiones internas a su ciudadanía y defender una concepción de igualdad en las relaciones internacionales donde no deberían existir aprendices y maestros, aun menos cuando el maestro aparece totalmente incapaz de aplicar lo que predica en sus propias fronteras.

Está en el natural derecho de todo ser humano abogar para una mejoría de las condiciones de vida – económicas, sociales y políticas – de los ciudadanos de este mundo, sin importar los límites de los confines nacionales. Sin embargo, levantar conditio sine qua non y erigirse como evaluador supremo de los estándares de vida de otra nación muestra la voluntad irrefutable de los Estados Unidos de seguir aplicando su concepción anacrónica y unilateral de las relaciones internacionales en un proceso que desde el comienzo se ha caracterizado por ser entre países iguales y soberanos.

En alternativa, habría que aceptar que Raúl Castro, en una hipotética visita oficial en Estados Unidos, tendría todo el derecho de exigirle al gobierno norteamericano explicaciones sobe el respeto de los derechos humanos o el cese de la brutal violencia policial que caracteriza ese país. Ojalá pudiese ser así. Cuba sí tendría algo que aprender y realmente mucho que enseñar en un eventual intercambio de lecciones de derechos humanos. Pero ya esta sería fantapolítica.

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