¡Régimen no, Dictadura!


El 27 de septiembre de 1975 Xosé Humberto Baena Alonso contaba aún con 24 años, habría de cumplir 25 años en ocho días. Era un joven alegre y sencillo, de mirada radiante, amante de la música como tantos otros chavales de su época. Sin embargo, no era como los demás, al menos no su vida. En la soledad de la espera del que sabe que tiene la hora de la muerte cerca, Xosé se despide de los suyos.

“Papá, mamá: Me ejecutarán mañana de mañana. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero pero que la vida sigue. Recuerdo que en tu última visita, papá, me habías dicho que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos, para ver la muerte de frente.

Siento tener que dejaros. Lo siento por vosotros que sois viejos y sé que me queréis mucho, como yo os quiero. No por mí. Pero tenéis que consolaros pensando que tenéis muchos hijos, que todo el pueblo es vuestro hijo, al menos yo así os lo pido. ¿Recordáis lo que dije en el juicio? Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar. Ese era mi deseo. Pero tengo la seguridad de que habrá muchos más. ¡Mala suerte! ¡Cuánto siento morir sin poder daros ni siquiera mi último abrazo! Pero no os preocupéis, cada vez que abracéis a Fernando, el niño de Mary, o a Manolo haceros a la idea de que yo continúo en ellos. Además, yo estaré siempre con vosotros, os lo aseguro. Una semana más y cumpliría 25 años. Muero joven pero estoy contento y convencido. Haced todo lo posible para llevarme a Vigo. Como los nichos de la familia están ocupados, enterradme, si podéis, en el cementerio civil, al lado de la tumba de Ricardo Mella. Nada más. Un abrazo muy fuerte, el último.

Adiós papá, adiós mamá.

Vuestro hijo José Humberto”

Tres pelotones compuestos cada uno por guardias civiles o policías, un sargento y un teniente, todos voluntarios, condujeron a los tres acusados al área que dentro del cuartel de Hoyo de Manzanares había sido elegida para que se cumpliera el mandato de la justicia. A las nueve con diez de la mañana caía abatido por las balas Ramón García Sánz, de tan solo 27 años. Veinte minutos después era José Luis Sánchez Bravo de 22 años quien caía, poco después cayó Xosé. Eran las últimas víctimas de Francisco Franco, quien dos meses después moría en agonía en la cama de un hospital .

Cuarenta años después de los últimos fusilamientos y de la muerte de Franco hay heridas que no cierran en el corazón de esta tierra tan diversa llamada España. Hace falta perdón, mucho perdón, pero también justicia, reivindicación y sobre todo verdad. Algo que la Transición y su democracia deficiente aún no han podido lavar.

¿Qué queda del franquismo cuarenta años después? Mucho.

Perdura en la mente de quienes perdieron al padre, al hermano, al hijo, al sobrino o al novio en una cuneta. Vive en los verdugos manchados de sangre que aún se pasean por las calles como cualquier común madrileño, valenciano o leonés. Subsiste en las calles con nombres franquistas, en las iconografías, en el Valle de los Caídos y su imponente cruz que mira, desafiante, a todo aquel que aún sigue pensando que Franco y su recuerdo están muertos. Está en los herederos del franquismo, en aquellos que esconden detrás de apellidos pomposos, fortunas incalculables o títulos nobiliarios la deshonra de haber apoyado, tolerado y disfrutado de una dictadura que asesinó, torturó, sesgó y manipuló durante cuarenta años a la sociedad española.

En Xosé y las víctimas del franquismo pensaba cuando en la noche del pasado 27 de septiembre, de paso por la madrileña Puerta del Sol, coincidí con una manifestación de seguidores de la Falange y admiradores de Franco. “Lo de Cataluña no pasaba con Franco”, gritaban dos señoras que portaban camisetas con la imagen del Caudillo y que se han hecho muy mediáticas por estos días. Sentí desprecio y a la vez algo de respeto. Están en todo su derecho de manifestarse aunque yo en lo más profundo de mi ser quisiera gritarles que José Antonio era un fascista, Franco un maldito asesino y que el “Cara al Sol” es un himno despreciable. Dicen que eso es la libertad de expresión y el respeto en las sociedades “occidentales”, aunque mi mente de ciudadano de “república bananera” no pueda entender cómo es posible semejante espectáculo en el siglo XXI.

Pero no me quedo callado, yo también cuento con el derecho a la libertad decir lo que pienso, de no quedarme impávido al ver que hay una parte de la sociedad de este país que necesita respuestas y verdad. Los muertos merecen justicia, merecen el recuerdo, merecen monumentos.

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