Contra la prostitución y por la libertad de decisión


El crecimiento sustancial del número de turistas que cada año deciden visitar la mayor de las Antillas, unido al incremento de viajeros norteamericnos que habrá con el avance de la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos,  abre una cuestión espinosa sobre un tema que necesita ser tratado con muchas cautelas y resuelto con más contundencia: la prostitución en Cuba.

Un laguna jurídica respeto al tema específico (el código penal cubano solamente castiga a quienes introduzcan a otro, o de cualquier modo cooperen o promueven a que otro ejerza la prostitución o el comercio carnal) y la necesidad y voluntad de las autoridades cubanas de generar un ambiente favorable para un turismo extranjero que ha desarrollado un específico imaginario acerca del comercio sexual en la Isla, pueden ser – y quizás ya han sido – causas de un completo descontrol y de falta de protección para quienes – mujeres y hombres – deciden vender sus cuerpos.

Cuba sigue siendo una nación pobre, del llamado Tercer mundo, con un salario per-cápita bajísimo (aunque relativamente más alto si se considera a Paridad del Poder Adquisitivo, PPA) que en el año 2014 alcanzó los 471 pesos, alrededor de 14 euros. En estas condiciones, resulta claro y casi consecuente que muchas personas decidan vender sus cuerpos ganando, en un solo acto sexual, el doble o el triple de lo que un cubano gana en un mes de trabajo. La facilidad económica que otorga la comercialización del cuerpo es precisamente el elemento que debería llevar, por un lado, a rechazar cualquier hipótesis de legalización de la prostitución en Cuba y, por el otro y sobre todo, exigir leyes que condenen y sancionen estas prácticas (y aun mejor leyes que sancionen a los consumidores y no tanto a los prestadores).

El rechazo no debe tener ninguna relación con cuestiones morales, sino debe derivar de la voluntad de respetar la libertad de decisión de cada ser humano. Ofrecer prestaciones sexuales a cambio de dinero debería ser una elección libre de cada persona, y este es el argumento utilizado principalmente por quienes abogan para el reconocimiento legal de dicha actividad.  Sin embargo, la libertad de elección no radica solamente en la inexistencia de leyes que impiden algo o en la existencia de leyes que permiten algo, otorgándonos facultades para hacer o no hacer, sino en una auténtica ausencia de condicionamientos que nos llevaría a tomar determinadas decisiones que consideramos adecuadas para nuestras vidas. Y resulta claro, al menos tal parece, que en un contexto de pobreza generalizada en el que se encuentra Cuba – sin caer, por supuesto, en catastróficos escenarios de miseria – vender el cuerpo para poder satisfacer más necesidades básicas no puede considerarse una elección tomada en plena y completa libertad.

Aunque pueda parecer una opinión retrógada y en discordia con los tiempos en que vivimos, existen medidas que hay que tomar, más allá de la popularidad que puedan tener, más allá de la necesidad de modernizar un país. Hasta que no haya un consistente aumento de los salarios en Cuba y una consecuente mejoría de las condiciones de vida, hasta que la libertad de elección, aun con sus matices, no sea plena, no se puede defender la legalización de la prostitución en Cuba. Hasta que una mujer o un hombre decidan vender sus cuerpos por falta de alternativas y para huir de situaciones marginales, tiene que existir una ley que sea expresión del poder de un Estado que, lejos de retomar actidudes paternalistas, debería tener la finalidad esencial de proteger y cuidar las libertades, todas las libertades, de sus ciudadanos.

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2 comentarios en “Contra la prostitución y por la libertad de decisión

  1. El tema muchas veces pudiera verse actualmente no como una elección, sino como una falta de opción (sin llegar a los extremos).
    No obstante no creo que la facilidad económica que implica esta “comercialización” signifique rechazar variantes de legalización de la misma; al menos no creo que esa debiera ser la razón principal. Parto del hecho de que no creo que todos los que comercialicen su cuerpo lo hagan siempre por necesidad (aunque no es la mayoría de lejos) y porque por lo general buscar la “facilidad” es propia del ser humano, cosa que comparto siempre y cuando eso no implique afectar a terceros.
    Claro, que una mejor solvencia económica decantaría quienes realmente lo hacen porque tienen necesidad (al menos en su mayoría) y esto tiene mucho que ver con las posibilidades de mejoras objetivas que brinde el sistema (y hoy en día quedan bien x debajo de las espectativas).

  2. El tema es complejo. Muchas opiniones, a favor o en contra se levantan de inmediato. Los argumentos van desde lo religioso hasta lo moral, pasando por diferentes posiciones. Personalmente, creo que hace falta una profunda reflexión social para aceptar tales prácticas como “libertad de decisión”. Vender el cuerpo nunca debe verse como una opción laboral, ni mucho menos. Hay que remontarse a las raíces históricas de la prostitución para identificar las matrices que acompañan tal actividad. Pagar por sexo no debe ser motivo de regulacion jurídica, además, ¿cómo proteger, al menos legalmente, la integridad de la persona que se dedica a tal actividad? ¿Al mediar una transacción económica, quien paga no asume que está comprando un objeto, o al menos, alquilándolo para disfrutar un rato? ¿Acaso quien paga no se creería en la posesión del objeto pagado? ¿Qué pasaría con los niños que nazcan, accidentalmente, de una relación comercial? Casos hay en toda época. Son muchas interrogantes las que me vienen a la mente ahora. Respeto la decisión de cada quien respecto a su cuerpo, pero no creo que la modernidad se instaure en el sexo tarifado o las relaciones contabilizadas.

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