Aquella República


Tenía 14 años cuando mi profesor de Historia en la escuela -quien es hoy además un buen amigo a pesar de nuestra diferencia de edad- me regaló uno de los libros que con más cariño preservo: una edición de 1975 del libro “La República” del destacado historiador cubano Julio Le Riverand. La portada del libro muestra la imagen de una bandera norteamericana ondeando sobre el Capitolio Nacional, certera caracterización de lo que fuera esa República que muchos llaman “mediatizada” o que sencillamente se nos ha enseñado a llamar como “etapa neocolonial”.

Cuentan que aquel 20 de mayo de 1902 fue un día de fiesta en toda Cuba. Había mucho que celebrar, acababa -al menos formalmente- la intervención militar norteamericana. “¡Al fin hemos llegado!”, esas fueron las palabras del General Máximo Gómez cuando izaba la enseña nacional sobre el mástil mayor del Morro de La Habana. Cuba nacía como República oficial ante el mundo y sus ciudadanos alcanzaban un sueño anhelado, ser llamados oficialmente como cubanos, como “dueños” de un país.

A pesar de todo aquella República nació con una debilidad, con un grillete que lastraba su correcto funcionamiento y empañaba el sueño de construir una República independiente y que fuera la consecución del sueño martiano. Proyectada sobre la sombra de aquella República y de su Constitución estaba la Enmienda Platt y con ello la atadura hacia los Estados Unidos. Negar que aquel 20 de mayo nació una República discapacitada sería un error de proporciones tremendas.

Hace algunos días un amigo lanzaba desde las redes sociales la invitación a pensar sobre el 20 de mayo y sobre si era posible o no celebrar la fecha. Pero, ¿qué se puede celebrar el 20 de mayo?

En una entrevista publicada en el diario Trabajadores, la destacada historiadora y profesora universitaria, Dr. Francisca López Civeira – a quien personalmente admiro- consideraba sobre el 20 de mayo que:

(…) en determinado momento fue demonizada, lo cual resultó lógico que ocurriera porque en una revolución triunfante, en cualquier época y país, espontáneamente la gente se lanza a derribar los símbolos del sistema que se está demoliendo para establecer los nuevos. El 20 de mayo de 1902 había sido el gran símbolo de esa república que, con el triunfo de la Revolución entraría en otra etapa, y por tanto se quería barrer todo lo que simbolizara el pasado oprobioso. Pero después llegó el momento de la reflexión, más aún en el campo de los historiadores, cuyo deber es reflexionar para poder entender el devenir de la sociedad; y al mirar todo el proceso cubano que desembocó en el 20 de mayo de 1902, era necesario plantearse cómo fue posible que en tan adversas condiciones pudiera constituirse un Estado nacional.

Y tiene razón, durante años, la celebración del 20 de mayo fue solamente potestad de aquellos cubanos que emigraron, sobre todo por razones políticas, hacia Miami. Para “los que se fueron”, el 20 de mayo significaba –y significa para algunos- recordar aquel país que ya no existe, aquella República que para algunos fue una “joya de oro”. Para “los que se quedaron” y decidieron no celebrar el 20 de mayo, recordar esa fecha es rendir tributo a un ideal republicano que nació corrupto, afectado, “nacido bajo las circunstancias de no ser la hija legítima de la Revolución, sino su aborto”. El 20 de mayo ha sido y es la expresión de dos ideales de país y de nación divididos.

Los edificios no son culpables de lo que ocurre en ellos”, así expresó el historiador de la ciudad de La Habana, Dr. Eusebio Leal, al referirse al tamaño error de hacer pagar al Capitolio los errores de aquella República. Parafraseando a Leal, me resisto a hacer pagar al 20 de mayo las culpas de los errores cometidos por los hombres. Estoy seguro que aquel día, mientras izaba la bandera nacional, Máximo Gómez, al igual que aquellos hombres que dejaron sangre y sudor en los campos de la Guerra de Independencia, creyeron que, aunque no habíamos alcanzado la soberanía suprema, estaban en el camino hacia “algo”. Y así lo creo.

Aquella República, la del 20 de mayo de 1902, fue una república débil y tutelada, que necesitó casi 32 años para poder deshacerse de la sombra de la Enmienda Platt. Con el triunfo de 1959 cortamos los lazos de dependencia y sumisión con los Estados Unidos, pero a pesar de todo, a pesar de tener una Revolución, aún no hemos culminado el camino de lograr esa República que Martí nos pidió. No bastó la Revolución para lavar de la mente y la forma de ser de los cubanos y de su sociedad conductas negativas que han lacerado a nuestra nación a lo largo de su historia.

La culpa de cada uno de los errores cometidos a lo largo de nuestra historia nacional debe caer sobre los hombres, no sobre los símbolos. La nación cubana es una sola y el 20 de mayo al igual que el Capitolio o el otrora Palacio Presidencial son símbolos de la nación, patrimonios que no debemos enlodar ni mucho menos entregar a pensamientos e intereses que vayan en contra del nacionalismo. Como mismo expresara la profesora López Civeira, ha llegado el momento de la reflexión sobre nuestra historia y sobre nuestro pasado.

Hoy es 20 de mayo y nuestra República, que es una sola y que es heredera de aquella que nació en Guáimaro, con sus miles de defectos, sus imperfecciones, sus años de sometimiento y dependencia pero con sus luces, cumple 112 años. Hoy es un día para recordar, pero no para celebrar, celebrar sería olvidar los errores y es un costo que no debemos pagar.

Como bien dijera Eusebio Leal, “no podríamos entender la Revolución sin la República”, pero tampoco podríamos entender la Cuba de hoy sin la República y sin la Revolución.

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Un comentario en “Aquella República

  1. Que sepas que lo que escribes desde tu isla es leído periódicamente desde el sur de Andalucía. Un fraternal abrazo

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