Última advertencia antes de llegar al infierno


Inmigrante de África en las playas italianas. Foto: Vincenzo Basile
Inmigrante de África en las playas italianas.
Foto: Vincenzo Basile

Por Vincenzo Basile

Estoy protegido por la sombra de un parasol, deliberadamente desconectado de la realidad y casi redescubriendo una ancestral afinidad con la naturaleza, gracias al sonido del mar que se impone en la costa y que me hace olvidar los ensordecedores ruidos del perenne tráfico de mi ciudad. Son las vacaciones idílicas, el alejamiento del mundo moderno que necesito.

Mi efímero éxtasis es interrumpido por la voz vigorosa de mis familiares. Ha llegado un vuo’ cumpra’ – término, que significa “quieres comprar”, utilizado para aglomerar en una xenófoba categoría homogénea a los inmigrantes de varios países, sobre todo africanos, que cada día recorren, bajo un sol abrasador, las playas de todo el país con la esperanza de vender, para pocos euros, ropa, gafas y otros accesorios de verano – aunque muchas veces la creatividad italiana no viaja tan lejos y sencillamente se dice que llegó el negro.

Camina fatigosamente por la playa, llevándose atrás, casi como un animal de carga, un enorme y pesado carro cargado hasta el imposible con la barata mercancía, acompañado por la siempre más fútil esperanza de suscitar el interés de los adinerados potenciales clientes o, mejor, provocar un insistente llanto en los niños. En la mayoría de los casos, el negro se queda invisible. Las personas ni se molestan en decirle que no quieren comprar nada. Sencillamente lo ignoran, miran hacia abajo o siguen con sus actividades, como si ese ser humano no existiese. No lo ven ni lo oyen. Es una sombra, una sombra fastidiosa que si se ignora pasa rápidamente sin hacer muchos daños. En otros pocos casos, se encuentra frente a una generosa familia, en ese caso la mía, que le permite quedarse unos minutos y -con la excusa de enseñar lo que ofrece- descansar un rato y repararse del asfixiante calor. Es muy raro que alguien compre algo, por lo menos sin antes obtener un razonable descuento que reduce al mínimo la ganancia del vendedor y, sobre todo, no le devuelve la justa compensación para el inhumano sacrificio que soporta durante los meses estivos.

Renuncio definitivamente a mi momentáneo éxtasis y, con un interés casi antropológico, me siento cómodamente, lejos pero no mucho, para observar -como un espectador que asiste a una réplica teatral- la muy bien conocida obra.

Veo su cara triste, cansada, la cara de un joven hombre -o más sencillamente de un muchacho quizás más joven que yo- que cuenta, con una mirada escondida por una falsa sonrisa, la historia de una vida rodeada de miseria, explotación, sufrimiento y salida de su país en busca de un futuro mejor para él y sus seres queridos que no tuvieron la fortuna de seguirlo. Intento imaginarme su vida en su país, lo que hacía cada día, la probable sumisión a algún gobierno militar de la orilla sur del Mediterráneo ampliamente respaldado por mis propios gobernantes campeones de democracia, el hambre, la miseria, el dolor y, finalmente, la decisión desesperada de seguir ese canto de sirena con la acertada convicción de que “peor de así no se puede vivir”. Y es cierto. En Italia vivirá seguramente mejor que en su país de origen. Sin embargo, trato también de imaginarme sus sueños al llegar a Italia, sus planes, sus perspectivas, estudiar, trabajar, tener una casa, una familia. Lo veo feliz, lleno de genuina esperanza, convencido de haber llegado a un país próspero, libre, en igualdad de condiciones y sin discriminación, donde hubiera tenido una oportunidad para desarrollar su persona y poder finalmente vivir como un ciudadano occidental. Y por último, me imagino la decepción al descubrir que todo era un sueño ingenuo, que todo era un cuento, solo un malvado cuento perverso, contado irresponsablemente por nosotros mismos para convencerlos -y quizás convencernos- de que somos una meta, ofrecemos una posibilidad, una alternativa anhelada, quizás la única alternativa, sin curarnos del hecho de que en realidad somos nosotros mismos los principales responsables de su hambre, de su miseria y de su desesperación, y -sobre todo- de que aun aquí, en nuestra propia patria de las oportunidades, decidimos marcar la distancia entre quienes somos nosotros y quienes son ellos y definir claramente desde el principio que es lo que nosotros podemos hacer y que es lo que ellos tienen que hacer, generando un atípico, pero no menos cruel, apartheid.

La rabia y la tristeza dominan mis pensamientos. Abandono definitivamente la investigación antropológica y me alejo otra vez del mundo real, pero esta vez no para buscar otro éxtasis. Mi mente empieza a viajar. Imagino a las centenares de miles de personas como él, hombres, mujeres, niños y niñas, que llegan aquí con tanta esperanza y están destinados a despertarse de ese sueño vacío y a vivir la real pesadilla italiana y, claro, también europea.

Mi mente está rellena de imágenes y escenas que he acumulado durante mi breve existencia. Recuerdo las veces que he pasado, casi como un turista curioso, en algunos barrios periféricos de mi ciudad donde la casi totalidad de los inmigrantes está obligada a vivir en auténticos guetos, sin servicios básicos, sin escuelas, tierra de nadie, amasados en cuatro paredes cargadas de seres humanos, como bestias, mil veces bajos los límites de la humana resistencia. Veo los hombres, jóvenes hombres, parados en la carretera, esperando que alguien que necesita mano de obra barata para un trabajo diario,demasiado duro o humillante para los italianos, los vaya a recoger. Claro está, siempre que el hambre, la desesperación y el abandono no los lleven a delinquir. Por las noches llega el cambio. Es el turno de la mujeres, jóvenes mujeres que, al igual que sus compañeros hombres, esperan en la calle que algún transeúnte las recoja, en ese caso alguien que tenga el perverso y enfermo deseo de poseer, para pocos minutos, sus exóticos cuerpos, cansados, destruidos por el sufrimiento, absurdos sustitutos de la masturbación, fríos e inmóviles objetos eróticos que tienen el mismo valor de dos cajas de cigarros. Es un auténtico mercado informal, abierto veinticuatro horas al día, donde se trafican seres humanos. También recuerdo la miseria nocturna de la Avenida de los Champs-Élysées de París, donde cada diez metros había un inmigrado durmiendo en la gélida calle, o el dualismo de La Rambla de Barcelona, el famoso y turístico paseo que tras las 10 de la noche se convertía en un mercado de droga tunecina y barato sexo nigeriano.

El viaje de mi mente es indetenible y, como estoy convencido de que nací en el lado del mundo equivocado, caigo en un quizás banal simplismo y empiezo la comparación con Cuba. Es inevitable. Lo hago cada día, cada vez que observo algo de mi país lo relaciono inevitablemente con la tierra donde hubiera querido nacer.

En este específico caso, la cuestión es más compleja. Estoy guiado por mi amor a Cuba y por la convicción de que su sistema social representa una alternativa posible y válida, es cierto, pero también entran en juego otros factores aun más personales. Pienso en algunos amigos cubanos, muy buenos amigos, negros y mulatos, con quienes he hablado decenas de veces del tema racial y de las que ellos consideran determinadas formas de discriminación racial en la sociedad cubana. Sus quejas resuenan en mi mente. Cada uno de ellos, al menos una vez, me ha contado de alguna discriminación que ha sufrido en la sociedad cubana debido al color de la piel, de como fue difícil crecer en una sociedad que aun tiene rasgos racistas. Mientras pienso en ello, recuerdo también que esos mismos amigos son trabajadores y estudiantes universitarios, personas que, aunque hayan sufrido alguna forma de exclusión social, no han sufrido la peor de esas exclusiones, es decir, la institucional, el abandono por parte del Estado.

Como siempre en esos casos, tras un primer momento en el que mi amor a Cuba me hace caer en un ciego y ridículo triunfalismo, llega la fase de la cordura y de la objetividad. Me digo a mí mismo que la Revolución no ha logrado implantar en Cuba una igualdad racial absoluta, que sería utópico e ingenuo creer esto. Me aclaro que tampoco puedo pretender que mis amigos cubanos dejen de quejarse por sufrir algunas formas de discriminación racial menor en Cuba, que el hecho de que hayan obtenido determinadas garantías básicas por parte del Estado, no significa que no tengan el sagrado derecho de pretender otras, de querer vivir un día en una sociedad donde nadie los mire con ojos distintos y los juzgue solo por el color de su piel.

Pero, es precisamente sobre esta observación, sobre el papel jugado por el Estado, que se fija mi comparación. Sigo pensando en mis amigos. Pienso que cada uno de ellos, un día, podría decidir emigrar a algún país europeo, guiado por la frágil esperanza de llegar a un lugar de oportunidades, para buscar un futuro material mejor, desarrollarse como ser humano y poder utilizar en la mejor forma todas sus potencialidades que por cierto pueden resultar bloqueadas en un país del tercer mundo.

Los imagino en Cuba, frustrados por muchas carencias materiales, deseosos de aprender siempre más, estudiar, trabajar en sectores que aman, formarse una familia numerosa, y -como viven en un país con un Estado quizás excesivamente paternalista- no entienden que lo poco que tienen garantizado no es algo natural ni algo que podrían encontrar o pretender en todos los países del mundo. Así la comprensible decisión de buscar mejores condiciones afuera, en el primer mundo.
Luego los veo en Italia, viviendo en las mismas condiciones de los centenares de miles de inmigrantes, amasados en algún barrio periférico, como escorias de la sociedad, en la total incertidumbre del mañana, obligados a alejarse de los ojos del mundo, de un grupo mayoritario que no quiere mezclarse ni confundirse con ellos, excluidos por una población no declaradamente racista y olvidados por un Estado ausente que les quita los sueños y las ambiciones.

Estas imágenes me matan. Pensar que un día algún querido amigo mío podría encontrarse en una de esas situaciones es un ejercicio de puro sadismo, pero es una perspectiva no solo posible sino probable. Estoy soñando despierto. Me siento como si estuviera detrás de una ventana de cristal, gruesa e indestructible. Veo a mis amigos llegando aquí, en un aeropuerto creo. Trato de gritar, pero no me oyen. Doy puñetazos en la ventana para llamar su atención, pero no me ven. Quisiera poder impedir su entrada al infierno. Decirles que viren, que se vayan, que vuelvan a su imperfecto país. Quisiera sustituir el Estado paternalista que han querido abandonar y darles consejos. Pero todo intento es inútil. Me he quedado invisible. No me han visto ni oído. Lentamente se pierden en la multitud y desaparecen. Jamás los volveré a ver.

El intento de evitar que se formen dos lágrimas en mis ojos me hace volver al mundo real. El vendedor ya se ha ido, creo sin vender nada. Abandono mis planes, el sol, la playa y el éxtasis. Corro a mi casa con la indetenible ganas de dar una forma escrita a este triste pensamiento, quizás un poco banal, tal vez acompañado por la vana esperanza de lanzar un mensaje para algunos amigos que me han confesado su intención de emigrar a este lado del mundo, una especie de último aviso, como Dante Alighieri que en las puertas del Infierno colocó la amenazante advertencia: “Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”.

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