Cuba, el ‘mundo’ y el futuro: ¿ideas novedosas o modernismo interiorizado?


Willy Brandt, Norte y Sur
Willy Brandt, Norte y Sur

 

Por Vincenzo Basile

Cada vez que se entabla un debate dinámico y dialéctico sobre la realidad cubana, a pesar de la peculiar posición política, se generan discusiones -más o menos animadas, dependiendo de los participantes- sobre lo que más haría falta en la Cuba de hoy, sobre los famosos cambios necesarios en los ámbitos cultural, jurídico, económico, político y social, entre otros.

En todas estas discusiones, no es rara la utilización a ultranza de palabras estereotipadas de uso común pero que llevan una poderosa y oculta carga ideológica, como modernoretrasomundo en funcionamientomundo desarrollado mundo avanzado.

Mientras estos discursos son el fruto de los prosélitos de un cambio contrarrevolucionario en Cuba, es decir, de los que empujan para la construcción de una Cuba capitalista, globalizada y alineada a todos los estándares sociales, económicos y políticos anhelados por el vecino del Norte, no surge ningún problema explicativo. El sometimiento de dichas personas a los cánones ideológicos occidentales es algo que se sabe y que no necesita ni merece ser reiterado.

La cuestión más problemática surge en el momento en que estos términos y discursos son asumidos y llevados adelante por algunos miembros de la sociedad civil cubana. No es raro, en este sentido, que hoy día se oiga a un cubano -estudiante, trabajador, intelectual o bloguero- hablar de sus ideas y propuestas sobre recetasmodelosejemplosmodernidad desarrollo, o sobre lo que Cuba debería hacer para entrar en el mundo moderno, para salir de su retraso.

Hay que aclarar que hoy en día, exceptuando a unos cuantos círculos liberales, en el ámbito de la teoría social es generalmente aceptada la diferencia conceptual entre las nociones de desarrollo y crecimiento. El primer término se refiere a algo cualitativo -social, político, demográfico, ecológico, institucional, entre otros- y el segundo a algo meramente cuantitativo, económico o monetario. Esto significa -por ejemplo- que el aumento de la riqueza macroeconómica de un país -como puede resultar de un indicador como el PIB per cápita- expresa seguramente un proceso de crecimiento, pero no implica necesariamente uno de desarrollo, que más bien se evalúa con índices como la mortalidad infantil o la alfabetización, entre muchísimos otros.

Por lo contrario, utilizando como sinónimos estos dos conceptos, estas personas respaldan una visión del mundo profundamente dicotómica que implica la representación de si mismo en términos del otro, del diverso, del que no se conforma con la normalidad. Lógica consecuencia de esta postura es que en un lado del mundo -donde ellos no viven y que asumen como ejemplo para Cuba- existen las sociedades avanzadasdesarrolladascivilizadasmodernas. Por contraposición, al otro lado del mundo -en Cuba y en el tercer mundo en general- se encuentran, especularmente, las sociedades atrasadas, subdesarrolladas, incivilizadas, pobres, tradicionales.

Además, y este es quizás el aspecto más relevante, el subdesarrollo, la pobreza o el retraso, parecen considerarse como una etapa temprana de un proceso evolutivo que, inevitablemente, tendrá que llevar a todo país, incluso Cuba, hacia el mundo moderno, la riqueza, el desarrollo, en una sola palabra, la modernidad. Así que, aun rechazando los paradigmas capitalistas y neoliberales para Cuba, los otros aspectos de las sociedades occidentales se convierten en metas imprescindibles, naturales.

Consciente o inconscientemente, estos individuos -aunque sea de manera bastante arcaica- enuncian -increíblemente, si se considera la perspectiva ideológica de base- todos los principios elementales de un conjunto de ideas que pertenecen a un corpus teórico generalmente conocido como ideología de la modernización.

Todo esto, aunque pueda parecer tan contemporáneo y renovador a los ojos de sus seguidores, quienes -con las mejores intenciones- desean un futuro más próspero para su país, se encuentra exactamente en línea con una etapa teórica que comenzó en el siglo XIX y que hoy en día, a pesar de sufrir un completo descrédito en los ámbitos de la teoría social, sigue suscitando cierta atracción.

Por cierto, antes de poder evaluar determinados fenómenos cubanos sin caer en esta lógica dicotómica, se requiere por lo menos una aclaración más general sobre la evolución del pensamiento social que ha llevado a este punto. Y es a esta aclaración que será dedicada esta primera parte.

UNA DINÁMICA TEÓRICA ESTÁTICA

Herbert Spencer, uno de los primeros sociólogos modernos, en una época de explosión del llamado darwinismo social, en sus Principios de Sociología (1860-76), publicó una vasta antología formada por datos etnográficos de sociedades primitivas y encuestas sobre las sociedades civilizadas e individuó una inevitable trayectoria lineal, un proceso evolutivo -histórico, social y económico- que hubiera guiado a las sociedades humanas, desde la forma primitiva hacia la forma civilizada y moderna, el industrializado imperio colonial anglosajón.

Durante todo el resto del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, un período caracterizado por la lucha entre los grandes imperios coloniales -que finalmente llevó a las dos guerras mundiales- la teoría social siguió respaldando masivamente esta visión dualista del mundo para dar fuerza y justificación a conquistas y genocidios. Los teóricos de estas décadas son innumerables y todas sus ideas estaban dirigidas a ofrecer una contribución al desarrollo y una válida razón -incluso racial- para fortalecer la potencia colonial del propio Estado.

Para entender hasta qué punto -a pesar del vasto panorama cultural que caracterizó a la belle epoque– la teoría social de esta época se distinguió por una singular convergencia de opiniones sobre determinados temas, es significativo recordar el pensamiento crítico de la teoría francesa. Francia se encontraba debilitada económicamente, destruida militarmente tras la derrota contra Prusia (1871) y aislada políticamente por la diplomacia del canciller alemán Bismark. Así que, la teoría social francesa de esos años fue menos conforme a la de los otros países europeos y más atenta a la precaria situación que estaba viviendo Francia.

Vidal de la Blache Elisée Reclus -los más importantes críticos de esta etapa- se caracterizaron por su visión menos anclada a la potencia del Estado y más atenta a los fenómenos humanos o económicos. Reclus hasta fue un anárquico y promotor de la Comuna de París. A pesar de esto, ambos se caracterizaron por respaldar abiertamente el colonialismo francés en África del Norte, no como lucha imperial o de conquista, más bien como una mission civilisatrice. Una forma distinta que no cambiaba por cierto la sustancia. Queda claro que para un africano no había diferencia alguna si un invasor lo conquistaba o lo civilizaba.

Tras el desastre humanitario de la Primera Guerra mundial, el presidente norteamericano Woodrow Wilson (1913-1921) se hizo promotor del pensamiento idealista que escondía -claramente- una extrema defensa del particularismo norteamericano: las potencias europeas, en su lucha colonial, habían llevado al mundo a una guerra catastrófica. Estados Unidos, ahora, debía convertirse en un modelo para el resto del mundo y “más democracias basadas en el modelo norteamericano hubiera habido en el mundo, más se hubiera difundido la ideología estadounidense. Un mundo dominado por esta ideología, hubiera sido la extrema defensa de los intereses vitales de Estados Unidos”.

La idea de Wilson de exportar el modelo americano llegaba, por cierto, demasiado pronto respeto a la situación política de la época y el desarrollo de los fascismos en Europa con fuertes ambiciones imperiales, las nuevas luchas coloniales y el consecuente fracaso de la Sociedad de las Naciones, aplicación práctica de la idea wilsoniana, condujeron -inevitablemente- a la Segunda Guerra mundial.

En la década de los años cincuenta del siglo XX, en plena guerra fría y, sobre todo, en pleno proceso de descolonización, estas teorías fueron reinventadas para las nuevas finalidades y se desarrolló oficialmente la ideología de la modernización como parte de la política occidental para atraer en el bloque político del primer mundo -liderado por los Estados Unidos- a todos los países de nueva independencia, para así evitar indeseadas orientaciones en el segundo mundo -liderado por la Unión Soviética- o convergencias tercermundistas, justo mientras concluía la Conferencia de Bandung (1955).

El economista y político norteamericano, Walt Whitman Rostow, habló de una trayectoria lineal hacia la modernidad que todos los países del mundo, tarde o temprano, habrían puesto inevitablemente en marcha con la ayuda paternalista de los países modernos y desarrollados. Un único proceso de desarrollo era posible y justo, el proceso occidental, y cuanto antes un país subdesarrollado decidiera subir al tren de la modernidad, más temprano podría beneficiarse de los frutos del mundo moderno.

El economista y premio Nobel de origen indiano, William Arthur Lewis, otorgó una aplicación práctica a este criterio, inventando el concepto de industrialización por invitación: los países subdesarrollados, para poner en marcha un proceso de desarrollo hacia la modernidad hubieran necesitado atraer capitales extranjeros para que estos -como una bola de nieve que cae desde una montaña- generarían fuerzas independientes que llevarían hacia la sociedad avanzada. No hace falta explicar las trágicas consecuencias de la implementación de políticas como estas durante todo el siglo XX, bajo la fuerte promoción del Fundo Monetario Internacional y del Banco Mundial.

Entre 1989 y 1991 el mundo cambió profundamente. El presidente Bush (padre) declaró velozmente el Nuevo Orden Mundial, caracterizado por el liderazgo de los Estados Unidos, única superpotencia existente. La caída del muro del Berlín, el colapso de todos los países socialistas de Europa Oriental y, finalmente, el derrumbe de la Unión Soviética, dieron una sensación de extrema potencia a los teóricos liberales de la ideología de la modernización. El capitalismo y el libre mercado habían ganado contra el llamado socialismo real y las economías planificadas.

Si la ideología de la modernización había nacido sustancialmente en época colonial para dar una visión de superioridad histórica a los imperios de entonces, había sido estudiada formalmente en la etapa bipolar para atraer a los países subdesarrollados en el campo del primer mundo, ahora el optimismo extremo llevaba estos teóricos al triunfalismo total. Ya no era una cuestión de elección, de ofrecer a los países pobres un camino para desarrollarse. Más bien era la afirmación absoluta de que el modelo de Occidente no era solamente el único camino posible, sino el punto de llegada de un proceso indetenible.

Uno de los más conocidos teóricos de este Nuevo Orden Mundial fue Francis Fukuyama, quien en 1989 -aun antes de la caída del muro- publicó su análisis sobre el fin de la historia. El autor interpretó la victoria del bloque capitalista sobre el campo socialista como el fin de la historia, una etapa conclusiva en la cual todos los países podrían vivir pacíficamente y en prosperidad, guiados por los mismos valores, algo que se traduciría prácticamente en la implantación a nivel mundial de los valores de la cultura occidental, del American way of life, que eliminarían toda alternativa posible para la humanidad.

Las guerras genocidas de la OTAN en los Balcanes y en Oriente Medio, y todos los regionalismos que se levantaron por el mundo tras la caída de la gestión bipolar, han -sin duda alguna- descreditado completamente este ingenuo optimismo y han puesto en evidencia la inmensa pluralidad cultural y humana de una población mundial que no puede -y no quiere- ser dominada por modelos culturales o políticos hegemónicos.

Por cierto, los modernistas no se detuvieron frente a tantas manifestaciones de pluralismo. Y así -ciento cincuenta años después de la idea de Spancer sobre sociedades primitivas y civilizadas- lista para justificar estas nuevas perspectivas, llegó la teoría del editorialista del New York Times, Thomas Friedman (1999), quizás a conclusión de un siglo y medio de dinámica teórica estática. Según el analista, la globalización habría creado una fractura entre el mundo veloz y el mundo lento, el de los países en retraso. La solución de este potencial conflicto ya no es la difusión de los valores culturales o políticos de Estados Unidos (como había afirmado diez años antes Fukuyama), sino exclusivamente económica. Es la paz capitalista: “cuando un País llega a un nivel de desarrollo económico en el que la clase media es suficientemente numerosa para suportar una red de McDonald’s, se convierte en País McDonald’s. Y los habitantes de los Países McDonald’s no hacen guerras: prefieren estar en cola para consumir una hamburguesa”.

CONCLUSIONES

Siguiendo esta impostación, a lo largo de un siglo y medio, han sido inventadas numerosas metáforas para seguir respaldando una visión dicotómica y simplista de un mundo dividido por una frontera invisible en dos partes completamente homogéneas o hasta para incluir en una sola palabra al otro, a todo lo que no es moderno.

Con el tiempo, los países del Oriente o del Sur han perdido todas las peculiaridades que los distinguen, todo carácter de diferenciación debido a absurdos intentos de encontrar la justificación teórica para la colonización, el aniquilamiento político o el control económico, y han sido catalogados como países que comparten una igual condición de miseria y retraso respeto al Occidente o al Norte desarrollado y próspero. Sociedades primitivas, subdesarrolladas, pobres, tradicionales, en retraso, del Sur o de Oriente, tantas formas para señalar a los que todavía no se han enterado de los innumerables beneficios que pueden esconderse tras una cola en un McDonald’s.

Etiquetas repetidas y reiteradas en todos los centros de poder -económicos, políticos, financieros- que finalmente, tras un proceso de interiorización, han sido asumidas como verdades indiscutibles sobre la interpretación del mundo, incluso -inevitablemente- por los mismos habitantes de los países del Tercer mundo quienes, bajo la ilusión del desarrollo económico, aceptan el modelo occidental como ejemplo para seguir, pretendiendo que su misma sociedad se conforme a lo que dice el Occidente. 

En este contexto, queda claro que el desafío para los cubanos es precisamente esto. Contrastar esta deculturación. Cuba tiene que perseguir un desarrollo económico y social que sea solo y exclusivamente cubano, con sus tiempos, con sus ideas, con sus planes. No se trata, por supuesto, de rechazar todo lo que llega de Occidente o de querer un proceso estático o de clausura. La respuesta al occidentalismo no puede ser el tribalismo exasperado. Es cuestión de elegir un camino, seguirlo y mejorarlo, evitando relaciones y comparaciones con modelos universales. Usando estas llaves de lectura, se podrían así interpretar y evaluar con la debida cautela determinados fenómenos de la contemporaneidad cubana sin asumir una antigua teoría -inconscientemente interiorizada- como una idea novedosa.


Bibliografía utilizada (títulos en italiano)

Grografía Política (Fare geografia politica, John Agnew)

Sociología general (Il mondo in questione, Paolo Jedlowski)

Geografía Económica (Geografia economica del sistema mondo, Alberto Vanolo)

Relaciones Internacionales (Manuale di politica internazionale, Mazzei, Marchetti, Petito)

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