Boxeo nuevo con fuerte tufo a viejo


Por: El Colimador

guantes-boxeoCrecí oyendo decir que el boxeo profesional era lo peor que había en el deporte; una mafia hedionda que chupaba hasta el último peso del pugilista y lo tiraba luego a la calle cuando ya era un guiñapo humano, casi subnormal por los golpes recibidos en la cabeza. Para probarlo, me decían, y yo mismo leía en la prensa, estaba el ejemplo de Kid Chocolate, el negrito cubano de los pesos pluma que había ganado el título mundial en 1931, amasado una fortuna en dólares, paseado La Habana carro del año y muerto cincuenta años después solo y sifilítico sin un peso en el bolsillo.

Crecí oyendo que la Revolución había dignificado el boxeo al abolir las peleas profesionales, en las que se peleaba lo mismo por miles de pesos que por unas pocas pesetas. Me contaron que el boxeo bueno era el de las Olimpiadas, donde gracias a la política revolucionaria y a la ayuda de nuestros camaradas del Campo Socialista pronto comenzamos a obtener resultados hasta catapultearnos (gracias a la nave insignia del deporte cubano) al !quinto lugar por países! en las Olimpiadas de Barcelona en 1992.

Crecí oyendo que, paralelamente, subsistía – pero finalmente desaparecería cuando triunfaran los ideales de verdad y justicia del deporte socialista – un circuito de boxeo esclavo donde los combates por el título del mundo se pactaban por dinero, los guantes iban pegados a los puños con el objetivo de golpear más duro y hacer más daño y no se usaban cabeceras para que llovieran los KO y algún que otro muertecito, que también era bueno para el negocio.

Crecí oyendo que la dignidad de Teófilo Stevenson le había hecho rechazar ofertas millonarias para pelear profesional y que ningún dinero en el mundo podía sustituir el cariño del pueblo.

Entonces llegaron los 90 y se comenzaron a perder los valores, los boxeadores se montaron en el carro de las deserciones y empezaron a abandonar el país. Primero fueron los pequeños desconocidos, aquellos con futuro – pero sin presente – hasta, finalmente, escalar el abandono hasta proporciones inconcebibles con la fuga de varios de nuestros campeones olímpicos.

Oí entonces que los muchachos habían sido confundidos con los cantos de sirena de una mafia de promotores con base en Alemania, y nuestros dirigentes políticos les criticaron y yo, una vez más, les di la razón.

Después los vi pelear por primera vez – gracias a los videos clandestinos que circulaban de mano en mano – en grandes escenarios (unos escenarios inconmesurablemente grandes, fantásticos, llenos de luces, que yo, dentro de mi burbuja isleña, no podía ni suponer que existían, convencido de que los más grande para un cuadrilátero nacía y moría en los límites del Coliseo de la Ciudad Deportiva). Peleaban a un número de asaltos brutales, sufrían y pegaban más allá de lo humano en un boxeo completamente distinto al de la AIBA, mucho más salvaje pero también más atractivo. Fue en ese momento que comprendí lo que me decía el resabioso de mi abuelo, que había sido fan del boxeo pro antes de 1959: “Eso que ves en el televisor en Cuba no es boxeo, muchacho, es ballet”.

Traté entonces de seguirlo, de conocerlo a fondo en su complejo entramado, pero la política del gobierno cubano, de total silencio ante un fenómeno tan degenerado como el boxeo profesional me la ponía muy difícil; así que un día, de sopetón y sin comprender el porqué, decidí dejar de ver boxeo. Ni el de aquí ni el de allá. Entre la ética de lo aburrido y lo brutal de pelear por dinero no escogería ninguno de los dos.

Fue en ese momento que la AIBA asfixiada por la mercantilización de todos los deportes comenzó a hablar de cambios, que deslizaban a toda velocidad el boxeo hacia el profesionalismo: quitar la cabecera, la camiseta, cambiar el sistema de puntuación…

Serie Mundial de Boxeo
Serie Mundial de Boxeo

Aunque imagino que a la Federación Cubana de Boxeo no le debe haber hecho mucha gracia este corrimiento del rojo, al final tuvo que montarse en el carrito de la AIBA, so peligro de quedarse atrás o, lo que es peor, completamente afuera. Tal vez por eso Cuba aceptó participar en la Serie Mundial de Boxeo, de carácter semiprofesional (+ semi o más profesional, ya lo dirá el tiempo), como una “franquicia” con nombre aún por definir y bajo las reglas “mayoritarias” de la AIBA.

Por primera vez escuchamos términos como “franquicia” (será un deleite oír a nuestros ortodoxos narradores deportivos tratando de explicarnos que el gato es liebre) y nos informan de grandes premios en metálico de hasta 500 000 dólares para repartir a discreción (!).

Es como si se hubiese abierto de pronto la caja de los horrores y nos asomáramos a un mundo totalmente nuevo, con fuerte tufo a viejo, y no necesariamente mejor.

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