Gratitud de Leonardo Padura


paduraEn la tarde de ayer domingo 17 d febrero de 2013, en el marco de la Feria Internacional de Libro Cuba 2013, el escritor cubano Leonardo Padura recibió el Premio Nacional de Literatura 2012.

Por medio de fuentes amigas, he tenido acceso al texto de sus palabras de agradecimiento por el premio, las cuales divulgo en este blog.  Atentos los sentidos…

Gratitud

Por: Leonardo Padura

Esta historia comenzó una mañana de 1976 en la oficina de la Escuela de Letras de la  Universidad de La Habana. Estábamos en los meses finales del curso académico con el que yo cumpliría el primer año de mi carrera y, como  cada  jornada,  me  disponía  a  cumplir  mi  trabajo  como mecanógrafo, el destino al cual había llegado por el sistema de inserción laboral con el que se pretendía que los estudiantes nos formáramos en la socialista  y  revolucionaria  combinación  de  estudio  y trabajo.  Durante aquel  año  había  empezado  a  revolverse  en  mí  una  necesidad,  hasta entonces desconocida, o más bien un deseo competitivo, de probar que yo también  podía  ser  “escritor”,  como  otros  estudiantes  de  la  escuela,  y, según mis códigos, lo único que  me faltaba era empezar a intentarlo. Para ello escribí un cuento, más o menos fantástico, donde narraba la historia de un hombre que, al despertar de un prolongado sueño, encontraba que a su alrededor todo había cambiado: las formas, los colores, las funciones de las cosas y el pobre hombre necesitaba entender qué había sucedido. Por  supuesto,  a  aquel  personaje  su  situación  inesperada  le  provocaba, sobre todo, asombro. Y se asombraba mucho.

Escrito  el  cuento,  mi  mejor  opción  para  encontrar  aprobación  era precisamente  uno  de  mis  compañeros  mecanógrafos,  un  estudiante  de tercer año de la carrera que había leído muchos libros, escribía poesía y, algún  que  otro  día,  siempre  en  voz  baja,  me  contaba  de  unas  tertulias cuasi decimonónicas a las que él asistía, las  cuales eran animadas por un tal  Virgilio  Piñera  y  se  celebraban,  por  cierto,  muy  cerca  de  donde  yo vivía y vivo, en la que fuera la última morada de  Juan Gualberto Gómez, que  entonces  era  ocupada  por  su  hija,  nietos  y  sobrino- nietos,  unos mulatos refinados y políglotas que tomaban té en tazas de porcelana de bordes de oro a veces mellados. El compañero mecanógrafo, me imagino que  sin  mucho  entusiasmo,  se  vio  obligado  a  leer  aquel  cuento,  y  al terminar la jornada de trabajo y yo reclamarle un juicio, fue tan amable y elegante que mintió descaradamente al decirme que mi relato le gustaba, pero debía tener cuidado con el uso excesivo de los signos de admiración.

Desde  entonces,  gracias  a  ese  compañero  de  inserción  laboral,  que  se llamaba,  y por  fortuna  se  sigue  llamando,  Abilio  Estévez,  he  tenido especial cuidado con el uso de esas barritas verticales que solo sirven para enfatizar lo que el escritor es incapaz de expresar por medios más sutiles, más literarios.

Treinta y seis años después de aquella experiencia iniciática, el mismo día en que se hizo pública la noticia de que el jurado del   Premio Nacional de Literatura   2012,  presidido  por  el  colega   Reynaldo  González ,  me  había distinguido con ese galardón, recibí un email desde Barcelona, firmado por  Abilio,  el  más  hermoso  y  sincero  de  los  elogios  que  acaparé  en aquellos días y en el que mi ex compañero mecanógrafo me decía:

Querido Leonardo (y, por supuesto, querida Lucía), acabo de leer la noticia de tu premio. No sabes la alegría y la sensación de justicia que he sentido. […]. Desde que diste el primer gran paso de quitar las exclamaciones a tus diálogos, han pasado muchos años y han llegado muchos brillos. Para ser justos, con este premio no te han dado  el  lugar  que  mereces,  ha  sido  el  premio  el  que  se  ha justificado a sí mismo. […] Nadie como tú para poner en evidencia que golpear cada día el yunque saca chispas en el metal más duro.

Y esa es la clave de todo. Disfrútalo, disfrútenlo, y cuando bebas ron, pon un vasito a mi espíritu, ahí, con ustedes. Y luego a trabajar más aún, con más fuerza, pero eso a ti no hay que decírtelo. No es difícil adivinar que ahora serás aún más la diana de los ataques de los  cainitas  cubanos,  que  se  dan  como  la  verdolaga.  Pero  eso  se resuelve con la fórmula de André Gide: “Que digan lo que quieran, mientras tanto yo escribo Paludes”. Y a ti eso de encerrarte a escribir se te da maravillosamente. Claro, no se puede negar que ahí está Lucía,  también  premiada,  como  no  podía  ser  menos.  Mucha  más suerte,  hermano.  Hace  casi  cuarenta  años  coincidimos  en  una oficina de la Escuela de  Letras y, contra todos los pronósticos, aquí estamos,  dando  la  lata  y  gritando  lo  que  tenemos  que  gritar, nuestra  pequeña  verdad  y  nuestra  pequeña  angustia  y  también nuestra pequeña alegría. Me siento muy orgulloso de ir a tu lado por  este  camino  largo  y  complicado,  y  que  nuestras  fotos  estén juntas en el muestrario de Tusquets. Besos para Lucía y un fuerte abrazo para ti.

Y firmaba  abilio, así, con minúscula.

Si hoy los hago escuchar estos dos hitos del origen y destino actual de mi  relación personal y lit eraria con Abilio Estévez, uno de los intelectuales más sólidos y lúcidos de mi generación, tan o más merecedor que yo de este reconocimiento que por ahora le está vedado debido a su residencia geográfica, se debe a que en uno y otro momento las palabras d el amigo han tenido para mí y para mi carrera como escritor un valor especial, y porque  entre  uno  y  otro  momento  está  tendida  la  crónica  de  un aprendizaje, un esfuerzo, un empecinamiento personal al que debo, por completo, lo que haya podido motivar la generosa decisión de un grupo de  instituciones  y,  sobre  todo,  un  grupo  de  escritores,  de  concederme el   Premio Nacional de Literatura  que hoy recibo, con gratitud y alegría.

Si desde   la incultura sideral que acompañaba a aquel pelotero frustrado de  Mantilla  que  escribió  un  cuento  lleno  de  signos  de  admiración,  he podido  lograr  algo,  se  debe,  esencialmente,  a  un  empecinamiento  que llegó a convertirse en una necesidad vital. El proceso  de aprendizaje fue arduo,  pletórico  de  escollos,  marcado  por  muchísimos  sacrificios,  pero siempre  acompañado  por  la  certeza  de  que  con  un  nuevo  intento,  con más trabajo, con más lecturas, con más sudor las cosas podían ir saliendo mejor.  Así  lo  he  hecho  durante  estos  36  años  y  espero  poder  seguir haciéndolo, con el mismo espíritu, durante los próximos 36 que aspiro a vivir.

Muchas personas me han ayudado durante este periplo y a algunas de ellas quiero hoy expresar públicamente mi gratitud. Tuve, por supuesto, el soporte material, afectivo, moral y ejemplar de mis padres, que están en el principio de todo. Tuve la incitación y el desafío de mis compañeros de estudio, sobre todo de los Socarrones de mi grupo en la Escuela de Letras,  mis  amigos  Alex  Fleites,  Arsenio  Cicero,  José  Luis  Ferrer,  Jorge Luis Arcos, Magda González, Soledad Álvarez y otros más. Conté con la complicidad generacional de poetas y narradores de mi promoción, que mucho  me ayudaron  a  perfilar  mis  intereses  literarios  y  a  clarificar  los riesgos  del  empeño  que  compartimos:  Arturo,  Senel,  Sacha,  Lichi, Reynaldo,  Luis  Manuel,  Reina,  Norberto,  Víctor,  Ramoncito,  Abel, Miguelón  y  tantos  otros.  He  contado con  la  fortuna  de  compartir  la amistad  y  los  consejos  de  maestros  como  Ambrosio  Fornet,   Eliseo Diego,   Jaime  Sarusky ….  He  gozado  del  enorme privilegio  de  poder alcanzar una inesperada presencia internacional gracias a haber contado entre mis editores con Beatriz de Moura, Antonio López Lamadrid y Juan Cerezo, los artífices de Tusquets Editores, quienes me dieron su confianza y prestigio cuando era un escritor cubano sato y sin pedigree; también editores en otras lenguas como mi querida madame Anne Marie Meteilié, el  amigo  Marco  Tropea,  Lucien  Leitess,  los  hermanos  Von  Hurter en  Londres ,  Manolo  Valente  en  Portugal  y  Ole  Sohn  en  el  reino  de Dinamarca. He contado, además, con el apoyo incondicional de Ediciones Unión,  mi  editorial  cubana,  gracias  a  la  cual,  sin  poner  nunca  reparos, todos  mis  libros  han  circulado  en  Cuba…  Tras  esos  editores,  otras muchas personas han contribuido a hacer mejores mis libros, ya sea como  traductores, pero sobre todo como lectores, y quiero recordar mi deuda  de  gratitud  con  Vivian  Lechuga,  Lourdes  Gómez,  Elena  Zayas,  Elena  Núñez,  entre  otros  muchos  amigos  que  me  han  ayudado  a  escribir  un  poco  mejor  de  lo  que  soy  capaz…  Pero,  sobre  todo,  quiero  recordar  y  reconocer que he sido merecedor del premio gordo de la vida por haber  tenido durante 34 de estos 36 años caminados en la literatura y en la vida,  a pie, en guagua, o en bicicleta china, a mi  mujer, Lucía López Coll, a la  que,  por  merecérselo,  por  haberlos  sufrido  tanto  como  yo,  siempre  he  dedicado  mis  libros,  utilizando  la  fórmula  salingeriana  del  amor  y  la  escualidez… en su más espiritual sentido.

Muchas satisfacciones me ha dado mi trabajo a lo largo de estos 36 años.  Desde el premio en el concurso de cuentos para estudiantes de la Escuela  de  Letras,  allá  por  1978,  hasta  la  posibilidad  de  participar  en  tres  proyectos periodísticos a los que mucho debo como escritor: aquel  Caimán  Barbudo, renacido de las cenizas del decenio gris, que a principios de la  década de 1980, luchando contra adversarios más encarnizados que los  molinos  de  viento,  convertimos  en  evidencia  de  que  una  nueva  generación  de  artistas  se  proponía  hacer  algo  diferente  en  la  cultura  cubana,  pasando  luego  por  mis  seis  años  en   Juventud Rebelde,  donde  se  suponía sería reeducado y, en verdad, lo fui, pero como periodista capaz  de  participar  en  un  empeño  que  dejaría  una  muesca  perdurable  en  la  chata prensa cubana de estos últimos decenios, una labor a la que debo  mi primer acercamiento eficaz con muchos lectores cubanos, y más tarde,  la  experiencia  de   La  Gaceta  de  Cuba ,   donde  junto  con  Norberto  Codina  trabajamos  para  adecuarla  a  los  tiempos  que  corrían  y  llegar  a  convertirla  en  la  publicación  cultural  de  referencia  en  aquellos  años  oscuros y sudados del Período Especial. Mi trabajo me ha dado, además,  la satisfacción de recibir premios, de visitar medio mundo, de publicar en  más de 15 idiomas, de que se me hayan abierto las páginas de los más reconocidos  periódicos  de  la  lengua,  de  conocer  gentes  que  me  han  nutrido, de poder acceder a la literatura que he querido y necesitado leer  y,  sobre  todo,  mi  trabajo  me  ha  permitido  establecer  una  relación  de  cercanía  con  miles  de  personas  que  me  han  conocido  a  través  de  mis  libros, gentes que acá en Cuba y en otras partes del mundo se han hecho  mis cómplices y me han  regalado el favor de su atención y, muchas veces,  hasta de su cariño y han llegado a decirme que me agradecen que haya  escrito  lo  que  he  escrito,  una  afirmación  que  supera  el  significado  de  cualquier premio… Mi trabajo me ha permitido, incluso, ganarme la   vida  decente y buenamente, una vida que no siempre ha sido fácil pero en la  cual he logrado, trabajando, llegar a tener lo que tenía que tener, sin que  nadie me lo “otorgara” por complacencias de ninguna clase. Y no puedo  dejar de recordar a esta hora que   ha sido mi trabajo el que me ha dado la  entrañable  oportunidad  de  conocer  a  un  tipo  como  Mario  Conde,  tan  jodido  que,  por  haber  sido,  fue  hasta  policía,  cornudo  y  aprendiz  de  escritor,  un  amigo  que  a  lo  largo  de  23  años  ha  viajado  conmigo  ayudándome  a  entender  este  país  singular  y  enigmático  en  el  que  vivimos, a veces tan generoso y a veces tan mezquino, a darle forma y  expresión  a  mis  sentimientos  sobre  la  historia,  la  vida,  la  amistad,  el  amor, el miedo, la frustración, la pobreza humana (material y espiritual) y  la condición de ser cubano.

Pero también sinsabores me ha traído este trabajo mío. Soy, ante todo, un  escritor  cubano  y,  como  tal,  no  he  podido  sustraerme  del  efecto  de  los  beneficios y las calamidades inherentes a tal pertenencia inalienable…  Ya  un día de 1992 me lo había advertido el maestro   Mario Bauzá, en un bar  de Nueva York, mientras el padre del  latin jazz  cumplía sus 60 años de  alejamiento físico de la isla: uno de los componentes más lamentables de  la  espiritualidad  cubana,  me  dijo  con  sus  palabras de habanero  impenitente, está en la incapacidad que acompaña a muchos de nosotros  para tolerar el éxito ajeno, más si es un contemporáneo, peor si es otro  cubano. Ya por mí mismo he podido comprobar que más duro se les hace  a  algunos  admitir  ese  éxito  si  el  personaje  en  cuestión  no  pertenece  a  capillas,  ni  comparte  militancias  partidistas  o  grupales,  si  el  éxito  es  el  resultado  del  trabajo  cotidiano  y  no  de  los  favores  compartidos…  He  tratado a lo largo de todos estos años, y cada vez con más conciencia e  insistencia, de ser un hombre todo lo libre e independiente que puede ser  una persona en un mundo y en una sociedad como estos en que vivimos.

He tratado de decir con sinceridad lo que  pienso, dentro de Cuba y fuera  de la isla; he mantenido la fidelidad a mis amigos, dentro y fuera del país; he sufrido mis miedos, pero no me he dejado vencer por ellos a través de  la simple fórmula de enfrentarlos; he seguido siendo mantillero, incluso  industrialista  —aunque  a  veces  he  dudado,  lo  confieso—  y  también  he  sido  Yankee  o  Angelino  cuando  alguno  de  mis  ídolos  peloteros  lo  han  sido; nunca me he dedicado a atacar a nadie, menos por sus opiniones  políticas,  pues  creo  que  todas  son  respetables  mientras  no  agredan  o limiten el derecho y la dignidad de los demás; he escrito los libros que he  querido, que he creído que podía y debía escribir y, desde la literatura, he  dicho  en  ellos,  sobre  la  realidad,  la  historia,  la  cultura,  los  hombres  y  hasta  sobre  las  mujeres,  lo  que  mi  capacidad  y  entendimiento  me  han  permitido decir, superando muchas veces mis dudas y temores, que no  han sido pocos. Y por todo eso he pagado un precio. Aunque lo he hecho  con satisfacción. Como bien los llama mi colega Abilio, los cainitas que nos  acompañan  en  este  tiempo  vital  han  hecho  lo  posible  por  disminuirme,  por  callarme,  por  ignorarme,  a  veces  menospreciando  mi  trabajo, incluso convirtiendo la política en un arma de doble filo que me lanzaba  —y  me  lanza—  estocadas  desde  un  lado,  desde  el  otro,  desde  arriba, desde abajo… Pero, qué se le va a hacer, es lo que me merezco por  ser un cubano de estos tiempos, por escribir, pensar, actuar y vivir como  he vivido, golpeando “cada día el yunque para sacar chispas en el metal  más duro (…) dando la lata y gritando lo que tenemos que gritar, nuestra  pequeña verdad y nuestra pequeña angustia y también nuestra pequeña  alegría”, como me dijera mi amigo Abilio.

A todos los que les debo algo para haber llegado a donde quiera que he llegado, les  reitero mi gratitud, pues mucho de lo conseguido se debe a ellos. Porque, lo dijo John Done, no Hemingway, ningún hombre es una isla en sí mismo… Y a los que me ataquen o me odien, por la razón que sea  (algunos  quizá,  seguramente,  hasta  tendrán  buenas  razones),  les reiteraré que pueden decir lo que quieran, incluso pretender convertirme a mí, que no soy el enemigo, en su enemigo. A unos y otros les puedo asegurar que ni premios ni agresiones me van a cambiar en lo esencial, porque seguiré golpeando el yunque, mientras el brazo y la inteligencia me acompañen. Por eso, en mi casa de Mantilla, la que construyeron mis padres  con  su  esfuerzo  y  su  amor,  con  Lucía  y  con  mis  perros,  con  la sombra  tutelar  de  José  María  Heredia  que  siempre  me  acompaña  y  el espíritu vivo de tres o cuatro generaciones de Paduras, y con la ayuda interesada de mi amigo Mario Conde, yo lucharé por continuar siendo el mismo, por pensar con mi cabeza, por ser cada día un poco más libre, mientras  escribo  Herejes,  una  novela  sobre  los  riesgos  de  asumir  la libertad, en otros tiempos históricos y también en este tiempo presente, el de los días de mi vida.

Muchas gracias.
Todavía en Mantilla, febrero de 2013

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