Las razones de mi amor


El verdadero hombre no mira de que lado se vive mejor, sino de que lado está el deber; y ese es el verdadero hombre – José Martí

Nunca me había definido revolucionario comunista (no sabía el significado pleno de esa palabra). Tampoco podía decir que conocía la realidad y la historia cubana. Inundado de informaciones y ‘visiones históricas’ que los medios europeos nos venden, me imaginaba Cuba como una de las últimas fortalezas del totalitarismo del siglo XX, herencia de la guerra fría, una dictadura sangrienta que desde hace más de cincuenta años estaba asfixiando al pueblo, un régimen despótico estilo Nicolae Ceauşescu de la vieja Rumania.

Por suerte soy un muchacho muy curioso y tengo un espíritu crítico que no me permite creer en nada que no veo con mis propios ojos, que no me deja aceptar las cosas y sobretodo las informaciones así como me las presentan, estereotipadas e impuestas.

Era el verano de 2008 cuando, por primera vez, viajé a Cuba. Nunca me ha gustado ser el ‘típico turista’, el que visita un lugar lejano, a miles de kilómetros de su casa, pero que en realidad no se mueve ni de un solo metro de su ambiente, de su contexto cultural, de su realidad diaria. Por eso, cuando llegó la oportunidad de ir a Cuba con una amiga cubana que vive aquí en Italia, decidí aprovecharla. ¿Qué mejor manera de visitar un país si no en compañía de una persona del lugar y de su familia, en la tranquila Guanabo, en el oriente de La Habana? Tenía la oportunidad de evaluar personalmente las “atrocidades del estalinismo del siglo XXI”.

Sin problema puedo decir que el impacto con Cuba fue profundamente trágico. El calor sofocante en las afueras del aeropuerto de La Habana, las carreteras casi destruidas y llenas de baches, ese fuertísimo olor de gases de escape de viejos carros americanos y soviéticos que dificultaba el respiro, los edificios casi en ruina, decenas de personas en el lado de la carretera haciendo autostop. Ni hablar de los muchísimos carteles en las calles que llevaban consignas sobre consignas con imágenes del Che y de muchas otras personas que personalmente desconocía. ¿Esa era la vanguardia de América? Había caído en uno de los más atrasados y pobres países de del Tercer Mundo. Eso pensé.

Las cosas no mejoraron cuando llegamos a la casa de la familia de mi amiga. La vivienda parecía todavía en construcción; tenía dos cuartos, un pequeño salón, un cuarto de baño y la cocina en el jardín. En esa casa dormían diez personas, sin tener en cuenta a mí y a las otras tres personas que viajaban conmigo. Cuatro generaciones de cubanos, desde la bisabuela hasta los nietos, vivían ahí.

Tenía casi un sentimiento de vergüenza, me sentía mortificado. Estaba allí, con mi maleta llena de ropa y mis zapatos caros, intentando hacer una llamada intercontinental con mi móvil para comunicarme con mi familia, entre personas que vivían una condición de pobreza extrema. Me sentía culpable… intentaba evitar la mirada de cada uno de ellos, sentía que me juzgaban. Parecía que nos trataban como “seres superiores”. Nos sirvieron comida, bebida… era una situación de mucha vergüenza.

Después de la cena mis amigos se fueron a dormir mientras mi amiga y yo nos quedamos con toda la familia. Había llegado la hora. Tenía que entenderlo. Tenía que comprender si Cuba era verdaderamente el país en ruina que parecía. Después de haber hablado de esto y de aquello, introduje el tema “política”. El padre de mi amiga se levantó de la silla, me miró a los ojos y dijo: “Muchacho, ¿quieres hablar de política? Aquí las cosas están del carajo”. Me quedé sin palabras. No sabía como contestar, no sabía que decir. Apenas pude balbucear un “sí, pero….”. Pero nada.

Mientras trataba de hacer una oración con sentido y que no resultase ofensiva, fui interrumpido por el hermano mayor de mi amiga que estaba sentado a mi lado. Con los ojos casi en lágrimas, mirando a su padre, dijo: “….pero la Revolución ha salvado la vida de mi hijo”. Llamó al hijo de 5 años y le quitó la camiseta; tenía una cicatriz de 5 centímetros en el pecho. Había nacido con una malformación cardíaca grave y los médicos cubanos lo habían operado de forma completamente gratuitamente. Él me dijo que sabía que si eso hubiese ocurrido en otro país del Caribe, de Centro América, de América Latina o en los mismos Estados Unidos, su hijo habría muerto al nacer.

De repente todos empezaron a hablar. Cada uno de ellos contaba una historia, una experiencia de su vida, cada uno tenía una razón semejante para agradecer a la Revolución, ese sistema político tan lejano de ‘mis cánones’ occidentales. Me enteré de que cada miembro de esa larga familia -que me había parecido tan pobre- era beneficiado por los que con el tiempo aprendí a conocer como “logros de la Revolución”. Supe que el abuelo de mi amiga estaba hospitalizado, por un ataque de corazón; que la hermana estudiaba arquitectura en la universidad; que todos los niños iban a la escuela primaria.

Conversamos por horas. La fatiga debida a las diez horas de vuelo y a los husos horarios había desaparecido. Estaba formando parte de un intercambio cultural único, de algo que me estaba cambiando la vida.

Hablando con los otros miembros de la familia, empecé a contextualizar lo que había visto en la tarde, en las afueras del aeropuerto. Esas cosas eran reales, obviamente, pero ellos me dieron una explicación a todo. Las calles destruidas, los carros viejos, las casas en ruinas, el problema del transporte… todo se explicaba con la política que Estados Unidos llevaba a cabo contra Cuba desde hace cincuenta años, el bloqueo económico, comercial y financiero. En ese momento me pregunté “¿Qué pasaría si un día los socios comerciales de Italia nos impusiesen un semejante bloqueo?” La respuesta fue la más sencilla: “Dentro de un mes, Italia sería más pobre que Cuba”.

Estaba en un país en estado de guerra y, a pesar de eso, su pueblo todavía era capaz de sonreír, de apreciar lo que tiene, de mantener su natural solidaridad. Me dí cuenta que lo que me había parecido un tratamiento debido frente a un ‘rico turista’, era en realidad un verdadero espíritu de hospitalidad, en su forma más pura “mi casa es tu casa” y “lo poco que tenemos lo compartiremos contigo”.

Durante mi permanencia en Cuba, aprendí que esos carteles que parecían ser una sutil obra de adoctrinamiento eran -en realidad- oraciones de los mártires de la patria cubana como el Che y Camilo o como José Martí, el Maestro, el héroe nacional caído en combate contra los invasores españoles, el padre de la cultura cubana. No era adoctrinamiento, como había pensado. Simplemente era una enseñanza de amor a la Patria y a los que murieron por ella. ¿Puede haber algo más puro e importante que eso?

Pasaría horas escribiendo líneas sobre líneas si quisiera contar todo lo que ví en Cuba. Sólo les digo que viajar a Cuba me ha cambiado la vida. Ha cambiado mis perspectivas, mis ambiciones, mis aspiraciones. Entrar en contacto con la realidad cubana significa entrar en un ciclón, en un vórtice del cambio, que nunca para. Cada vez que hablo con un cubano, incluso de las cosas más triviales, mi amor por esta Isla grande crece.

Estas son mis razones. Las razones de mi amor. Un amor auténtico, puro, sin condiciones. Un amor que a veces creo que siempre ha estado en mí, aunque cuando ignoraba lo que era Cuba y cual era su historia. Es parte de mí. Cuba es parte de mí.

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